Virgen de la Caridad

La sombra de una mujer
es la memoria
de una tarde.

Yo era una sombra
que fumaba un “Popular” sin filtro
en un andén.

La memoria
cruzó el tiempo,
y se desvaneció al cruzar
la esquina.

Beny Moré
tronaba
en un bar
por Virtudes,
y el mar
estaba al final de
esa calle con balcones
y
ropa al sol.

Toda la ciudad estaba
contenida allí
en ese andén
de infinitos
pórticos
por donde se arrastraba

ya
la noche cálida
y se aquietaba
la tarde
en la soledad
amarilla y gris
de un domingo de septiembre
fiesta,
según supe,
de la Virgen de la Caridad del Cobre,
y de Ochún, su apasionada
hermana africana.

Quién lo hubiera imaginado:
la memoria de una sombra
la luz de esa tarde.

Yo fui el cantante

Lo conocí en noviembre del año pasado. Entre un sábado y un domingo. El tono seguro, algo arrogante, de quien es dueño de un espacio ganado, me imagino, a fieros manotazos, desde la infancia. Lo conocí en uno de esos fines de semana calurosos, flujos inmóviles del tiempo y las sombras en Belén. Yo lo miraba a él, una textura ósea de espléndida quijada riente, corriendo por delante del tiempo, y miraba con pánico esa gente que llegaba al estudio a no hacer nada. Para un improvisado asistente de producción de un efímero programa radial, como lo era yo en esos momentos, aquello ponía los pelos de punta.

No para el resto de seres humanos. No para la vida aquí, a la vuelta de la esquina. Lo miré a él: estaba medio dormido de la borrachera; respiré hondo. Se avecinaba una larga jornada, habría que esperar un milagro para cumplir con los tiempos del contrato.

Tuvimos tiempo hasta de hablar de otras cosas. Recuerdo que le dije que pensaba venirme a vivir aquí por una temporada, me miró y soltó una carcajada de calavera: Aquí no hay nada que hacer, esto es un moridero. Fue lo único que hablamos de eso que llamamos la vida privada, porque no éramos amigos, ni lo fuimos; apenas acababa de conocerlo y yo necesitaba que escribiera seis canciones para cerrar 6 programas radiales sobre un proyecto de ganadería responsable.

En otro receso me dijo que admiraba las canciones de Andrés Cepeda. El tono de esa conversación me dio la certeza de que el tipo sabía a dónde quería llegar. Había fundamento; algo que a primera vista me pareció sorpresivo, inusitado, pues daba la sensación de ser un serenatero sin rumbo en la vida.

Ese sábado no cumplimos la meta de las seis canciones como lo teníamos previsto; se fue antes de que anocheciera: tenía, dijo, un compromiso esa noche en Florencia. De nada sirvió mi ladino ofrecimiento de una botella de ron para que siguiéramos grabando. Al otro día llegó amanecido y oliendo a trago. Preparé para todos huevos revueltos con chorizo y arepa. El hombre acabó de desayunar, se tomó un café espeso y se quedó dormido en la silla-catre. Despertó al medio día, pidió un pollo a la broasted con papitas a la francesa, se fumó un cigarrillo y despachó de un elegante sorbo el resto de la coca cola.

Entones volvió a la mesa de trabajo. Entre canción y canción se echaba un sueño. Largo y huesudo, casi afilado, extendido en el catre, las botas negras, puntudas, algo anacrónicas. Parecía un cadáver. La gente pasaba por encima de él y hacía bromas. Media hora después se desperezaba y desaparecía misteriosamente. Regresaba con un paquete de galletas de chocolate y un pedazo de salchichón cervecero. Me encanta comer de esto, confesó cuando notó mi mirada árida.

En la tarde del domingo ya habíamos grabado las seis canciones. No sé cómo ocurrió. Nuestro equipo era simple y efectivo: yo le narraba los resúmenes de cada capítulo, él anotaba algo en papeles regados sobre la mesa de la cocina, luego quedaba en silencio, chupaba un sorbo de cerveza y terminaba de escribir. Levantaba el papel y empezaba a tatarear, cogía la guitarra y ya la canción se iba tranquila y perfecta. Entonces decía: ya podemos grabar. Alirio hacía el resto de la maravilla con los micrófonos y su Apple, donde dormitaban dos gatos sobre el teclado.

Nos despedimos esa tarde. El mundo no se acabó; nos dimos un abrazo, los habituales gestos: A ambos nos había encantado conocernos. ¿Sería verdad o era solo un cumplido? A la vuelta de la esquina ya nos habíamos olvidado el uno del otro. Ni siquiera nos dimos los nombres. Ni siquiera una foto. La que Alirio nos tomó se perdió entre sus muchos archivos.

Un mes después me enteré de que había muerto acuchillado, al filo de la media noche, en una oscura calle de Florencia, donde merodeaba como serenatero sin rumbo. La prensa dijo que lo habían asaltado para robarle la guitarra. Sin perdonarle el escandaloso titular, lo trataron con consideración: como un pobre artista de gran futuro. Pero la gente habla: desde hacia tiempo andaba cogido de las drogas. No hay que creerse todo lo que dice la prensa.

Ni la gente.

Maldita sea si esto no da rabia y tristeza. Le faltó tiempo y brújula. Detrás de ese gesto retador, había delicadeza y simplicidad, lo que equivale a decir, en el arte y en la vida, oro puro. Pero terminó imponiéndose el lejano gesto del miedo. De mi parte, si tuviera que dar una declaración ante autoridades o peritos, les diría que le gustaba comer galletas de chocolate con salchichón cervecero. A escondidas, sin que la gente lo notara.

Escuchó su aleteo

(Realizado en el proyecto Hacer es Pensar)

Una mariposa azul revoloteó entre las matas  del patio y Pedro Pablo tuvo un pálpito. Siempre había pensado que los pálpitos eran asuntos de mujeres, pero en ese momento él tuvo uno. Un pálpito que le supo a tisana, a tisana rancia, de esas que permanecen mucho tiempo en la alacena de la cocina y nadie las usa. Sin saber por qué, corrió a buscar su celular. Lucía no respondió. Marcó de nuevo. En el quinto intento el aparato entró a buzón. Quedó en silencio mientras la grabación daba instrucciones.  “Tendrá cobro a partir…” Apagó. Le llamó la atención algo en el piso. Era un as de bastos. Pedro Pablo lo alzó, se detuvo a examinarlo pensativo y lo guardó en el bolsillo. Se dirigió a la calle, miró hacia ambos lados. De algún lugar le llegó un olor a flores de anís con miel. Comenzó a correr. La mariposa lo seguía de cerca. Escuchó su aleteo, sintió flotar en el aire la pelusilla azul de las alas. La evadió en un hábil zigzag. No vio venir el camión. El as de bastos quedó tirado en el piso. La mariposa siguió volando entre los transeúntes arremolinados. El teléfono sonó, nadie respondió.

La luz de los colores

(Historia-Taller a partir de El libro negro de los colores de Menena Cottin y Rosana Faría)

Seis de la mañana. La familia está organizando la salida: a la escuela, al trabajo, a la tienda de la esquina. Mamá y papá, se han bañado juntos como lo hacen desde que se casaron, les gusta jabonarse uno al otro, acariciarse la piel en la oscuridad. Ahora se rotan en la rutina de la cocina. Él prepara el café, lava unos platos y revuelve los huevos en un plato hondo, ella, con una toalla en la cabeza, lava unos trapos y enciende un fogón, va a la nevera, busca las frutas, tantea en la mesa el lugar de la licuadora. Todo en su sitio.

-Ve y te encargas del baño del niño mientras yo hago la tortilla – dice Mario.

Nury hace un gesto en el aire que nadie ve. Extiende un trapo seco sobre la mesa, coloca las frutas.

-Le haces una arepa al niño. Yo quiero pan integral.

El niño dice:

-Yo también quiero pan integral.

Jaime siente el chorro de agua tibia en el baño, las manos de mamá que le pasan el jabón por la espalda, acaricia el olor de la manzanilla haciendo globos en su cabello. Jaime se siente feliz en el baño, extiende las manos para tocar la piel de la mamá, sus mejillas. Nury acerca las mejillas a las manos de Jaime. Luego baja la toalla suave y olorosa a lavanda. Escucha los colores, ve los sonidos precisos de su casa, se siente acariciado por la mamá cuando ella roza con sus labios el cuello y se queda allí un rato, abrigando ese cuello de Jaime a los  cinco años.

El desayuno. La fibra del pan abriéndose en torno a la familia, los granos de centeno despegándose en cámara lenta de la piel del pan, la tibieza del café con leche, el olor verde del jugo de piña.

Salen. Los tres al ruido de la ciudad, al resplandor de la mañana que pasa como una pantalla sin película por sus ojos. En la casa del frente, echada en una tumbona, gorda y bella, doña Margot piensa: “Pobres, no pueden ver los colores de este día tan hermoso”.

Jaime ha escuchado el pensamiento de la señora Margot, jala la falda de Nury.

-Mamá –dice-, me da tristeza por la señora Margot.
-¿Y por qué mi amor?
-Mírala, no puede escuchar la música de los colores en este día tan hermoso.

Nury asiente en silencio. Piensa en Margot, en su tragedia de no poder escuchar la música de los colores. Las tragedias de la vida. Los tres extienden sus bastones y comienzan a caminar hacia la parada del bus. La ciudad les va llegando en forma de colores, sonidos y olores que demarcan  su ruta.